El ocaso de las cosas

El ocaso de las cosas
Juan Manuel Salas y Gustavo Salazar

—La serpiente se muerde la cola / Principio y fin de los tiempos—. El primer relato que dio cuenta del arte del pasado, el de Plinio el viejo, hablaba de un arte muerto; el arte de su tiempo, para Plinio, era degenerado, ni la sombra de lo que algún día había llegado a ser. Tal vez es por esto que el arte está condenado a siempre pregonar el final, porque nació con la premisa de que su tiempo no era más que el desenlace de otro mejor.

Toda obra de arte es una historia de lo que va a terminar.

¿A qué velocidad se tendría que mover un automóvil en línea recta hacia el oriente para que el pasajero que va sentado en el asiento trasero mire por el cristal de atrás y contemple un eterno ocaso?

La obra de Juan Manuel Salas y Gustavo Salazar es una visión del final de los tiempos, y hablo en plural porque en la obra co-existen múltiples tiempos que se intersecan: complejos, confusos y en silencio. Los dos personajes que la protagonizan cargan con la responsabilidad de reconstruir el mundo, una Eva y un Adán del apocalipsis, del paraíso que se ha tornado infierno.

El ofidio del pecado se engullirá a sí mismo hasta morderse las encías y de las encías brotará la sangre de la vida, la tormenta y la inundación. Nuestro Adán y nuestra Eva, arca que lleva el mundo entero en sus entrañas. Arca con capitán suicida.

Es, tal vez, el arte el eterno ocaso. La noche prometida que nunca llega y la última esperanza del nuevo día.

 

Raúl Rueda

 

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1.52

1.52 de Yoshimar Tello
Abierta al público a partir del 7 de octubre
Permanencia al 23 de octubre
Horario de visita: 10:00 hrs a 18:00 hrs, lunes a sábado
Entrada libre

A partir del gesto de sembrar es que el ser humano ha desarrollado múltiples representaciones, artísticas o no, en una gran variedad de soportes y formatos. Sin embargo, en la obra de Yoshimar Tello 1.52, es la planta misma en su proceso de germinación la que es usada como elemento escultórico dentro del espacio expositivo, emulando esta situación en que la naturaleza se apropia de objetos abandonados, de artificios, de huellas de lo humano que con el ingrediente del tiempo han sido reclamadas por ella como propias, y que a su vez, al sumergirnos dentro de su contemplación, reconstruyen en nosotros fragmentos de historias de vida, de ausencias que preguntan… ¿Qué soñaba a quien le pertenecía? ¿Cuáles eran sus anhelos? ¿Cuál era su lucha? Así mismo; sobre los montículos que germinan, vuelan luciérnagas como el recuerdo latente de que ante la noche más oscura, pequeños insectos guardarán algo del día consigo. Su resplandor es una escritura en alguna lengua primitiva que se habla cuando el silencio es abrumador. Cuando una luciérnaga desaparece, algún verso del gran soneto del mundo se pierde en el tiempo y nunca regresa. Por eso vuelan sobre los restos de los que no van a volver: conocen de cerca el olvido.

En la lengua de las luciérnagas 1.52 se dice sangre, o carne, o lágrimas. Detrás de la violencia, de la podredumbre, de la finitud del cuerpo, ¿qué es lo que sigue? La reflexión a la que nos invita Yoshimar es clara: algo está naciendo.

Raúl Rueda
Fando Quintero

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